Así transcurre mi día a día desde que aterricé por aquellos lares en agosto del 2010. Con el arroz y la pasta, poca imaginación. Se trata de hervir y servir acompañados de salsas diversas (boloñesa, carbonara, curry, gorgonzola y otras de su invención). ¡Claro que está rico! Pero es monótono. Con las patatas son más ingeniosos, que si al horno, que si al gratén, que si hervidas, que si fritas, que si yo que sé. Mil maneras de servirlas, dos de la cuales muy particulares y específicas del país helvético. Una de ellas es el Rösti. Se trata de hervir las patatas, rallarlas y freírlas. Es sencillo pero a la vez está riquísimo claro que ellos lo acompañan de salsa de cebolla hecha, entre otras, cosas con kétchup, y eso ya no es del gusto de todos aunque le da un sabor digamos interesante. La otra es el Älpler Macaroni. Se trata ni más ni menos de mezclar patata con… pasta. Sí, la palabra “macaroni” os debería haber aportado una pista. Me he planteado sugerirles que añadan arroz, para hacerlo más completo.

Pero si una cosa de ese país de altas montañas y preciosos lagos conquistó mi estómago fue la Raclette, de largo mi plato favorito de la zona. No puede ser más grasiento y aceitoso, pero lo bueno que está es indescriptible y las ganas de comerlo todos los días no se te quitan ni después de no poder moverte del sofá por empacho total. Nuestras amigas la patatas una vez más hacen acto de presencia en este delicioso plato. Hervidas y al plato. Después un poco de ensalada, piña en su jugo, salsas varias y pepinillos en vinagre. Como carne, no pueden faltar las salchichas, aunque también se pone bacon, pollo u otras variedades al gusto del consumidor, en eso no hay reglas. La estrella del plato es el queso. El queso de raclette, puede ser de cualquier tipo, el único requisito indispensable es que sea fácil de fundir. La preparación no tiene secretos, eso sí, es necesario tener el aparatito para hacer la raclette. Se trata de una plancha eléctrica en dos partes. La de abajo, para poner unas minibandejitas con el trozo de queso correspondiente al que se puede acompañar de cebolla, setas o incluso la siempre omnipresente paprika y dejar que se vaya fundiendo. En la parte de arriba, se fríe la carne. A medida que se van haciendo carne y queso, se va comiendo. Al mismo tiempo, se va sudando, porque tener una maquinita desprendiendo todo el calor del mundo a escasos centímetros de ti es lo que tiene. Pero compensa y aunque tú y el queso os estéis fundiendo a un ritmo similar, no querrías dejar de comerlo ni en un millón de años. Y os miráis los unos a los otros para ver quién es el más rápido en atrapar el último trozo de queso que significará el fin de la cena, hasta la próxima, claro está.
Por si no ha quedado claro, recomiendo fervientemente a todos los afortunados que vayáis a viajar a Suiza, que comáis una raclette. Seguramente os dejaréis un ojo de la cara porque el país en sí barato no es, pero vale la pena probarlo. Otra recomendación, si no te gusta el queso, pide otra cosa. Guten Appetit! O como dirían en suizo algo parecido a “Aguata!”.
















Querida Frau Aschwanden. Leyendo su magnifico post llego a dos conclusiones: (1) los suizos deben ser tan ricos porque ahorran en comida. Las patatas, arroz y salchichas no serian de los alimentos más caros. (2) Valiosa recomendación para glotones. La Raclette debe ser un placer celestial y le agradezco profundamente que comparta con nosotros tal conocimiento.
Saludos desde España. Espero que pase unas felices navidades en las frias tierras helveticas.
VVD.