Las conversiones en mi vida se han dado tanto en el comercio, como en el bebercio. Lo mismo que comentaba en posts anteriores sobre la transición de niño mocoso que comía el sota-caballo-y-rey a una persona de bien (aquí y aquí), paso a comentarles mi periplo espirituoso. Si mi experiencia en torno a las comidas se asemeja a muchos de mis coetáneos, no puedo decir lo mismo en lo referente a la ingesta de alcohol: yo he bebido alcohol desde pequeño. Y además de manera natural.
En mi casa se ha bebido siempre muy poco alcohol y siempre en horas de comidas. Mis padres jamás han sido gente que haya ido de bares, restoranes, etc. Así que no he vivido la esquizofrenia que sí han vivido muchos amigos y conocidos de padres que se rasgan las vestiduras cuando se enteran que sus hijos beben alcohol ¡mientras ellos se pasan todo el santo día ejerciendo el levantamiento de vidrio! Esos normal avis que soplan en todas partes y que en casa, muy modosos ellos, no prueban ni gota de alcohol.
Ese no fue mi caso. La sidra, el vino y la cerveza, rebajadas con agua y en fines de semana, han sido elementos que siempre han estado en la mesa acompañando a las comidas. Es más, ese hecho sigue siendo recordado por muchos de mis amigos que aún se descojonan recordando que cuando yo era pequeño bebía vino. Vamos, que era raro.
Un paso fundamental, sin embargo, sí que se ha dado en términos cuantitativos durante estos últimos años. Comencé a beber de manera intensiva bastante más tarde que el resto de mis amigos porque el tumulto de los bares no me hacía ni puta gracia y hacer litros tampoco. Las copas se me vaciaban a ritmo moderado. Empero, fue saber de Baco y su filosofía de vida, esa joie du vivre (gastronomía, tertulia, viajes, etc.), y en adelante mi espirituosidad encadenó una senda alegremente ascendente, manera fisna de autocalificarme como esponja humana.
Y en esas ando, predicando sobre los parabienes de disfrutar de la vida en agradable compañía y mejor tertulia. Y como eso reseca la glotis ¡qué mejor que un vodka&limón para mantener a pleno rendimiento las cuerdas vocales!
Así que si alguna vez me véis hablar del mileniarismo sabed que no es mi culpa.
¿Tu historia cuál ha sido?

















Ese texto lo podría firmar yo.
Pensaba que era rara porque “bebo desde niña” ,(que malsonante es, ciertamente) rebajando con agua o gaseosa, vino y cerveza. Concretamente fue con mi abuelo con quien más “copas” compartí (eran vasos de los de duralex ). De la mano de mi madre descubrí el café, chupando cucharillas y limpiando fondos redulces de las tazas con algún resto de Brandy Veterano (cosa de hombres)
Ah… en mi entorno siempre se había creido que la sidra no tiene alcohol, así que “champan” para los adultos y sidra para los niños.
absolutamente reflejada en ambas historias… contaba el conde (r.i.p) que me pillaron mojando el chupe en cava, jajaja…y sinceramente a mi tambien me enseñaron a beber en casa y estoy orgullosa! ( y si yo tambien me he sentido la rarita de la clase…)
Pues en mi casa cuando mi hermano lloraba mi abuelo le mojaba el chupete en anís !! Y claro se callaba. Mi madre alucinaba: siempre que el abuelo coge al niño deja de llorar ???
Y recuerdo mil meriendas con pan , vino y azúcar .Yammmm
Desde mi mas tierna infancia recuerdo beber en las comidas vino de garrafón y comprao en el bodegón con sifon y o gaseosa . Con 12o 13 años en adelante y despues de jugar algun partido en el frontón ( a pelota a mano claro ) y en verano con los calores porrones de cerveza con gaseosa a discreción en el bodegón. Tambien y en verano visitas a Munto y Valentín ( caserios) a beber sidra fresca.
. Empero recuerdo Que tambien en primavera y cuando apretaba el calor y de camino a casa viniendo del cole parabamos de vez en cuando en una sidrería y tomabamos un vaso de sidra del txox por 5 centimos de peseta . Esto con 8 o 9 años. Que pre-cocida !!!, es decir antes de la o las cocidas que vendrian enderpués !!! A los 14 y ya trabajando comenzaron mis poteos de sargento moreno, galipot de carretera, monpo, pelargón o tintorro los fines de semana.
Tiene que ser cosa del norte. En mi norte, el de Italia, y más específicamente el Norteste, beber vino es algo cotidiano. Se bebe en las comidas, tintorro del campo. Si hay gente en casa como mucho se abre la grappa (orujo), que también es de mi zona.
Mis padres, romanos, apenas bebían incluso eso, pero hicieron un sincretismo romano-friulano invitando la gente a casa a comer (más común en la Urbe que en Portus Naonis) y sirviendo vino en esas ocasiones.
Cuando había vino en la mesa, a los niños siempre tocaba algo de “agua rosa”: medio dedillo de vino y luego hasta arriba de agua. En ocasiones especiales (Nochevieja) yo tenía permiso de beber todo el cava que quisiera, desde que recuerde. por supuesto no tomaba más que un sorbito, pero me sentía importante y, sobre todo, se quitaba el aura de prohibición y fascinación que pudiera tener el alcohol.
El vino en Friuli es alimento de todos los días. Somos famosos por ser unos borrachones, pero es toda envidia porque los demás acaban debajo de la mesa antes que nosotros. Y el vino es bueno, abundante y no caro (la cerveza, al revés, es algo exótico, veraniego y caro).
Con 16 años, con los compañeros de instituto íbamos de vinerías. Y no porque fueramos dandies repelentes – es que lo que se bebía era vino. Recuerdo sólo una binge-drinking monumental, con una botella de J&B – una vez en cinco años de instituto.
Y que yo sepa, hasta ahora en Italia no hay un límite mínimo para consumir alcohol. Se considera algo que cada uno va administrando con sentido común, y por lo menos hasta hace 10 años no había fenómenos como el botellón (creo que sí ha llegado últimamente, así que igual también han cambiado las leyes. Sobre los porqués y porcómos, ni idea).
En casa bebemos, poco, en las comidas. A León intento darle un poquito de vez en cuando. Una vez me dijo “Yo no beberé nunca vino” y poco ha faltado que faltara a mis principios y le diera un guantazo. Cría cuervos…