De niños los viernes en la tele daban el Un, dos tres, podíamos quedarnos hasta más tarde y además la ama preparaba de cena aquellos deliciosos sangüis.
En tiempos de estudiante, en el piso de Leioa, agotadas ya las reservas de tuppers de nuestras respectivas señoras madres, acabada casi la semana, la cena del jueves solía requerir de todas nuestras habilidades posibles; desde la socorrida despensa-reserva del santanderino de biología, buena persona y compañero de vivienda a menudo martirizado, hasta Mutiloa, aquella joya en forma de lingote de membrillo natural a la que daba nombre el pueblo en cuyo mercado solía ser adquirido cada fin de semana por Azkoiti painting, compañero de piso que pagaba, y bien, sus frecuentes visitas al piso de arriba, dónde al igual que el chico cántabro tenía intereses extraculinarios, digamos.
La marca Jueves colesterol; una suerte de alimentos, ricos en alguna vitamina buena, dignos de cualquier menú infantil que se precie
Hasta el Jevi, todo un pajarito comiendo dónde los haya, tomaba parte de tan noble hurto y que dió nombre a ese fenónemo llamado efecto Mutiloa; “si comemos sólo un poco más no se notará”, ante la imposibilidad de parar no había más remedio que seguir, hasta llegar al punto de no retorno en que sí que se notaba, y entonces podíamos seguir con la faena, más tranquilamente si cabe.
Un jueves que nuestro amigo Imaz vino al piso a dormir, quedó horrorizado con el arroz con sardinas de lata con el que improvisamos la cena, no menos horrorizados quedamos nosotros mismos. Para muchos de los jueves, en cambio, creamos la marca Jueves colesterol; una suerte de alimentos, ricos en alguna vitamina buena, dignos de cualquier menú infantil que se precie y que a edad más madura he tenido el placer de recuperar, pero trasladado al viernes.
En tiempos de trabajador, autónomo, freelance, empresario, profesional… durante una temporada los viernes comía sólo en casa (podría decir que a la hora de la comida estaba de Rodríguez) así que me daba un pequeño homenaje preparándome por ejemplo pasta (rápido y fácil) con cosas ricas; un huevito frito, alguna albóndiga, croqueta, salchicha, patatas fritas… u otra cosilla. Como toda buena costumbre y como quién no quiere la cosa, pero fervientemente la desea, se ha instaurado los viernes esta tácita norma. El viernes es la antesala al fin de semana, y los viernes menú infantil es la contrapartida a ensaladas, verduras, legumbres y otras y varias comidas más sanas de durante la semana.
















Me encanta la denominación menú infantil del viernes, querido almirante.
Es increible lo rico que estaba todo en nuestra infancia, como ya se ha tratado en este club en algun aentrada anterior… pero por lo que hoy me animo a comentar la entrada es por ÉL.
Lo he visto, lo he vuelto a ver….pincho la foto para darle color…
el plato de los viernes por excelencia o en casa de la condesa madre, del dia en el que no dejaba la comida hecha, la pobre trabajaba fuera del castillo…ARROZ A LA CUBANA…lo que daría por volver a atrás y llegar a casa, tirar la mochila, ir a la cocina y ver la tacita blanca de rayitas de colores preparada para hacer la montaña…y coronat con tomate frito “fruco” del bote achatao…y no el esbelto bote cuello flauta de ahora…
Me extraña la ausencia en este post del Baserri, la “cafetería grande” u “Hostelería”, y sus respectivos bocatas o postres típicos del viernes en cada caso. ¿No eran cantinas visitadas por su señoría?
@Duke of Lapice
En diferente medida sí que eran visitadas, es más diría que daría para por lo menos otro post o puestos para todo un pequeño “batallitario”. Pero el cometido del texto era tratar sobre la influencia del final de la semana laborable en nuestros hábitos alimenticios, es decir la llegada del viernes.
En la universidad el viernes era día de, o bien vuelta a casa en cuyo caso comías ya en “casa” y si te quedabas allí sí que recurrías al Baserri. Es cierto que el Baserri sí que era muy “de viernes”. El resto de días normalmente comíamos en el piso, sobre todo los últimos años en que vivíamos en el monte muy cerca del campus ya que nos pasábamos el día en la Facultad pintando, de sol a sol.
No nos gustaba nada la cafeterías grande, además en Bellas Artes teníamos un hermoso “hall” y “cristalera” que cumplía con creces su función. Del self-service de Hostelería y sus “menuses” guardo un vago y no muy buen recuerdo. Mejor estaba el self-service de “arriba” el reservado a profesorado y PAS, al que también entrabamos los de BBAA, a pesar de los reiterados intentos por parte de sus responsables por evitarlo. Pero esto, el saque nuestro de entonces, la estratégica elección de mesa para comer y las ensaladas DIY entre otras cosas, sí que dan para otro post.
¡Buen viernes y buen menú infantil!