¡Vivan los abstemios! ¡Viva el té! ¡Viva el comunismo! Em, no, perdón, quizás me exalté demasiado, un Duque como yo…
Al grano, necesito cultura bebércica de productos líquidos de calidad, así que descubriré aquí mis pobres y pocas vergüenzas al respecto, ya que parece que otros habitantes de la bitácora llevarán a su audiencia por la muy condenable vía del alcoholismo.
Soy abstemio primero por elección y más tarde por necesidad, pero ni entonces ni ahora creo que eso deba significar renunciar al sabor ni al hecho social de beber en compañía.
La Coca Cola(o similares) fue durante los comienzos de mi vida social el pretexto para tener un vaso en la mano, pero confieso que no terminan de gustarme las bebidas con gas. Por eso fue todo un acontecimiento descubrir los zumos sin gas primero, y las mezclas de zumo y leche que con presuntos sabores mediterráneo o tropical empezaron a vender en los bares que frecuentaba. Y si en lugar de en pie, se bebe sentado, el vaso dura más.
Por otro lado, nunca fui mucho de tomar café, pero de unos años a esta parte me he tenido que acostumbrar al descafeinado. Y ahí, sin duda, el que más me gusta es el que me ponen en El Ciaboga, un bar-restaurante de Irún. La verdad es que los desayunos ocasionales allí antes de tomar el topo hacia el trabajo -algo que hago sólo para mantener oculta mi nobleza, ya se sabe, en estos tiempos que corren- son realmente reconfortantes. Pero no todos los sobres de café descafeinado (no me pregunteis por qué no tomo de máquina) contienen el mismo sabor, y la verdad es que en algunos sitios necesito una buena dosis de sacarina para que la bebida resultante me guste. Eso me llevó al apasionante mundo del té, y a una paradoja: me gusta el té verde de sobre “industrial”, el de los supermercados, pero la única vez que he comido en un restaurante japonés -en Madrid- resulta que el té verde “real” no me “congratuló”. Acepto acusaciones de gusto estropeado, por tanto.
En un ataque de gusto por la exploración un día me dio por mirar otras baldas aparte de las del té en mi supermercado habitual, y junto a perdiciones tales como el café puro o el chocolate pecaminoso listo para licuarse y licuarnos la razón, encontré otros bebedizos que he ido probando en la búsqueda incesante de sabores y saberes que caracteriza al Homo Glutonicus. Por ahora el único que consigue repetir en mi despensa es el café vienés marca Eroski. Obviamente sin la nata del café de la foto. Es un expreso rico y rápido de hacer, pero sigo buscando bebidas que sepan mejor, en la línea de las que he comentado.
Cada bebida tiene por tanto su momento: frías, alegres y dulces para disfrute en compañía tumultuosa, nada mejor que un café o un té para escuchar a alguien, y sin duda algo que tenga chocolate para disfrute solitario. Espero, empero, que compadecidos por mi ignorancia gastronómica invadáis este post a comentarios educativos con información suculenta para mi paladar y que me ofrezcan nuevas experiencias en el bebercio sano.
Fotos de Wikipedia: Café vienés y té verde


















Lo mio es más grave. Me gusta el té. El English Breakfast de Twinings, la caja roja. Pero, y esto es lo dramático, tengo que preparármelo yo. Aunque sigan los terceros más puntillosos, las instrucciones de: sobrecito de té, dos cucharaditas muy rasas de azúcar y leche desnatada para cubrir, apenas, el fondo de la taza, no me sabe igual.
¡Con lo bien que tiene que sentar un té servido en la cama justo al despertar! Esta mania absurda es un castigo.
Y, para beber en sociedad, siempre que no esté Rosa presente, limonada. Hasta la limonada de Minute Maid me gusta.
Me siento muy identificado con tu artículo, ya que yo tampoco acostumbro beber alcohol en ninguna de sus formas, sólo lo utilizo en muy pequeña medida para frotarme algunas partes de mi cuerpo con el único fin de refrescarlas después de una tediosa labor estética que a muchos nos esclaviza o para perfumar las mismas y envolverme en un aura seductor (y al final sólo consigo mantener las moscas y mosquitos a raya).
La vida social se hace difícil cuando eres abstemio, porque la oferta hasta donde sé no pasa de coca-colas y otras gasificadas, mostos, bitter (kas) y las birras 0,0% y si, encima, no te gustan los sabores amargos la lista se reduce aún más. Te quedan sólo los cocteles “de señorita” (cada vez más en desuso el término) que da una vergüenza pedirlos cuando se es un macho que se precie.
Así que estaré atento a todos los aportes que te hagan para aprovecharlos en mis incursiones sociales.
Recuerdo una anécdota de comienzos de mi juventud en la que junto a otros tres amigos, también abstemios, nos sentamos en una “fuente de soda” (así se llama en mi país al establecimiento donde se sirven bocadillos, y bebercios alcohólicos y no, pero en un ambiente más familiar) y pedimos unos exquisitos batidos de leche con plátano, cuando se sientan en la mesa contigua 4 féminas muy interesantes con el fin de aplacar el veraniego calor de mediodía. Las miradas se cruzan entre una mesa y otra, cuando llega el camarero con los respectivos pedidos y ellas reciben sus cervezas espumosas y nosotros nuestros infantiles batidos. Sonrieron burlonamente y comenzaron a disfrutar sus brebajes, dejando ese vistozo bigote blanco sobre sus labios y sin volver a mirar a la mesa del lado.
mi padre el Conde, regentaba un bar hace muchos año e inventó el cubata “sin alcohol” . A muchos de sus clientes añosos, los médicos les prohibieron el consumo, y claro, hombres recios en un bar a la hora del futbol y pasarse del cubata de Larios a la triste sin alcohol, se pueden imaginar ustedes, los improperios de la parroquia a la hora de la comanda.
Él, que escuchaba a la parroquia, tranquilamente, ponia un buen vaso con mucho hielo A TODOS, servia los “cubatas de los machos” y hacía un guiño a los enfermos sirviendo su famoso cubata sin alcohol, licor de manzana verde “sin” con cocacola y una rodajita de limon, el sabor es tan refrescante, y la pose tan masculina, que con ese gesto logró no perder la clientela y atrajo a los abstemios de vocación con la famosa frase:
- ¿me pones un cubata light?