En el libro Cuando éramos niños, de Amando de Miguel, el autor recuerda la expresión leonesa de su madre no me quedes hurmiento como advertencia maternal de no dejar sobras en el plato, de no ser un artista en esparcir o moldear lo que en el plato hay para aparentar que se ha comido. Eso era de muy mala educación.
Hubo una época en la que fui gilipollas. Más de lo que lo soy ahora. Comer fuera de mi casa y no tener la comida de mi madre en el plato se convertía en un suplicio desde el momento en que veía lo inevitable de tener que salir de casa. A estas alturas recuerdo como una nebulosa aquella época de infante, pero lo que sí recuerdo vivamente son las malas sensaciones que me producía ser invitado a una casa, a un restaurante o a una excursión con amigos.
En general soy de los que piensa que si te empeñas puedes estar haciendo las cosas siempre rematadamente mal, aunque te lleven a un desgaste profundo. Lo que no escapará al lector es que lo que es comer comemos todos los días de nuestra vida y aunque te empeñes en el “sota, caballo y rey” poco a poco vas cediendo, en mayor o menor medida. Estas reflexiones, bien es cierto, las hace uno a toro pasado. En ese sentido, siempre agradeceré tener amigos tragaldabas que unas veces de buena gana y otras de no tan buena gana me han obligado a comer lo que había en el plato. Siempre estaré eternamente agradecido de haber coincidido en la mesa con gente como mis amigos de la infancia (y que aún hoy me aguantan) Gorrotxa y Aratz que, literalmente, devoraban todo. Claro, comprenderán que si ellos eran los buenos y educados por dejar el plato limpio, el malo era yo por ser un petardo y no querer comer lo que buenamente se me ponía delante. Así que por vergüenza torera uno comienza a ceder poco a poco.
Recuerdo especialmente los fines de semana que pasaba de camping con la familia Gorrotxategi. Nunca he visto a gente con tanto saque y tan buen apetito. Esos fines de semana intensivamente glotones fueron haciendo de mi una persona de bien: comer ensalada, comer jamón serrano o ensaladilla rusa se convirtieron en realidad gracias a ellos. Pero el momento cumbre llego el día que plantearon comer hamburguesas. Yo ese día quería desaparecer de la faz de la tierra: las odiaba. Odiaba las pelotas de carne, llámese hamburguesas, albóndigas, etc. Pero ese día se obró el milagro puesto que pasó aquello de “si no quieres taza, taza y media”. Gorrotxa y yo tuvimos que ir al pueblo de Etxarri-Aranatz para hacer las compras y la parada en la carnicería fue la bajada a los infiernos: el carnicero tenía unas hamburguesas gigantes, enormes. Mientras Gorrotxa se descojonaba de aquella situación, el que firma quería morirse del asco.
Esas hamburguesas, hamburguesas gigantes. La parrilla, todos en la mesa, la hamburguesa al plato, a mi plato, vuelta a la mareos y malestar por tener “aquello” delante, los Gorrotxategi comiendo tan campantes. La cosa es que me las tuve que meter entre pecho y espalda y fue el comienzo de una larga amistad con las hamburguesas.
En la etapa de infante a la juventud mi experiencia con la gastronomía fue traumática, situaciones contra la espada y la pared, escaqueos para no comer esto o aquello. Comer para mi era un suplicio y estaba asociado a muchos momentos desagradables. El hecho de una cosa tan simple como alimentarme me estaba convirtiendo en el rey del escaqueo, porque aprendí a decir que no con facilidad. Basta que en una excursión perfecta hubiese una comida “no controlada” para decir que no iba. No comer lo que me ponía mamá delante me llevó a la sobrerreacción para evitar situaciones desagradables.
Pero bueno, lo malo de las situaciones extremas es que la necesidad de cambio es clara. Cómo comencé a cambiar, poco a poco, mi mala costumbre será lo que les contaré en la segunda parte del artículo.



El clásico manual de panificación artesanal del autor de referencia Dan Lepard, ahora en castellano y traducido por el panadero Ibán Yarza

Quedo a la espera de la segunda parte de este post; puede que me ayude a reconducir a mi sobrino por el buen camino, ahora que aún es joven (él padece por el pimiento lo que usted sentía por las hamburguesas).
Felicidades por el blog, han elegido un fondo de lo más elegante :D
Yo recuerdo sentir náuseas al meterme en la boca un trocito de tortilla de patata con cebolla.
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